Darla y Amanda son dos amigas, realizadora audiovisual e ilustradora respectivamente que, primero, contaron el trabajo sexual desde adentro con la exposición Luxuria. Ahora organizan un carrete street club y disidente donde las bailarinas no se graban, los DJs se pagan a tiempo y las únicas que deciden son ellas.

En Valparaíso las cosas pasan rápido. Ciudad creativa, ciudad musical, el puerto tiene una tribu para cada cerro y un carrete para cada tribu. Lo que un sábado es una idea entre amigas, al siguiente ya tiene flyer, DJs y fila en la puerta. Viene la pregunta de siempre: ¿qué hay de nuevo en Valpo?

Esta vez la respuesta se llama El Gatero.

Detrás están Darla, de 20 años, estudiante de Comunicación Audiovisual que llegó desde Arica a los 17, y Amanda, ilustradora de 23. Junto a Sofi, artista visual, vienen tejiendo desde hace más de un año una red de proyectos que se alimentan entre sí: la exposición Exóticas de Amanda, el documental de Darla Luxxxuria, la muestra colectiva que las reunió a todas. La fiesta es el capítulo más reciente.

Para entender El Gatero hay que pasar antes por Luxxxuria. La exposición, montada en el club Bora que reunió pinturas, fotografía, un show en vivo y el estreno del documental de Darla, todo hecho por mujeres que han trabajado en clubes. Su corazón, según Amanda, es «darnos voz a nosotras, las que sostenemos el trabajo sexual, porque mucho de lo que se sabe es desde la mirada masculina».

Darla y Amanda se conocieron a fines del año pasado, en la inauguración de Exóticas, la exposición sobre trabajo sexual con la que Amanda, ilustradora de 23 años, siguió la línea de su trabajo de título, hecho junto a Sofi. Darla, de 20, estudiante de Comunicación Audiovisual llegada desde Arica a los 17, ya tenía en mente un documental sobre el mismo tema, y bastó una frase para sellar la alianza: “Voy a hacer un documental, trabajemos juntas”. Desde entonces una idea empuja a la otra. El documental desembocó en Luxuria, y Luxuria en El Gatero, donde Darla pone el oficio de productora que aprendió en el norte organizando eventos desde chica, mientras Amanda dibuja los flyers que anuncian cada fecha. En el intertanto, Amanda trabaja en una serie de pinturas sobre sus amistades, el verano, la juventud y la nostalgia, porque, como ella dice, se mueve “por las relaciones humanas”.

Las dos coinciden en que su mayor inspiración no está en las redes ni en el cine, sino en el grupo de amigas que las rodea, donde hay de todo: producción, uñas, maquillaje, ropa, diseño. “Para mí, mi familia son mis amigas”, dice Darla. Y en ese grupo, crear y trabajar se volvieron lo mismo.

La producción partió en marzo, en un taller de pintura donde varias se conocieron sin saber que compartían el oficio. «Una conoce rostros por el mundo del arte, y después te las encuentras en la noche, en el club, trabajando», recuerda Darla. Desde entonces hubo reunión todos los lunes, sin excepción. «Sagrado. Es muy importante la constancia”.

Se financiaron solas, con actividades de recaudación y clases de pole. La preocupación de anunciar una actividad con un tema tabú existía. Aun así, el resultado superó lo que esperaban: llegaron compañeras del club con las que casi no habían hablado, y se vieron reflejadas en las obras. «Que las cabras sintieran que eso era algo de ellas, que esto me representa, esto es lo que vivo. Fue hermoso», dice Darla. Ahora sueñan con llevarla a Santiago, a galerías de arte, y con postular a fondos.

El momento las acompaña. Se habla del pole dance como deporte, Romina Pistolas escribe libros y Anora, la película que inspiró el documental de Darla, ganó en los Oscar. Pero ellas tienen clara la diferencia entre ser tema y ser voz. «Si nosotras no hablamos por nosotras, nadie lo va a hacer», dice Darla. «Trabajé en un club, pero también soy artista, también soy mujer. No se me tiene que encasillar en eso”.

El Gatero nació de algo mucho más simple: un cumpleaños. A Darla le gusta carretear, pero no soporta «una disco llena, estar sudando, que haya hombres, que haya música fome». En Arica ya producía eventos desde chica, así que decidió hacerse su propio carrete. Amanda le regaló el flyer, sus amistades cantaron, invitó DJs y vendió entradas.

Funcionó. Y como estaban juntando plata para Luxxxuria, la segunda fecha fue una fiesta de recaudación. Ahí llegaron las bailarinas de pole y exotic, y se quedaron. Hoy lo describen como una fiesta street club, disidente, neoperreo y, sobre todo, un lugar seguro. «Es nuestro bebé, que está naciendo», dice Darla. «Aún estamos en construcción, pero sabemos cuáles son nuestros valores”.

Esos valores no son abstractos. En El Gatero los hombres no graban a las bailarinas, y menos de forma obscena: ya les pasó una vez y no lo van a permitir de nuevo. «No es para esto. No es para hombres», resumen. La pista es para que ellas disfruten y para que puedan bailar sin tener que desnudarse.

Lo mismo corre para quienes trabajan en la fiesta. En una escena donde a los DJs pueden pasarles semanas sin recibir su pago, ellas les pagan a tiempo. También contratan bailarinas para otros eventos, como fiestas con La Marquesina o el Festival Umbra, y exigen que las respeten. «Intentamos ser bien justas con eso, porque así nos gusta trabajar», explica Darla. Lo aprendieron en el club, donde, dicen, el empleador siempre busca la forma de sacar ventaja: es un relato colectivo de todas las trabajadoras.

Por eso filtran con quién se asocian. Les han llegado ofertas, pero no trabajan con gente funada ni con quien pase a llevar sus principios. «Es más difícil construir algo así, pero siento que es el camino correcto para hacerlo bien”.

¿Quién puede ir a un Gatero? Todas todas, siempre que haya respeto. Lo que no entra es el odio, tampoco entre mujeres. «Aquí es una fiesta de respeto, donde todas la pasamos bien, donde todas nos apañamos», dice Darla. «Puro compañerismo, pura divinidad, paz”.

Para explicar lo que buscan, Darla vuelve a Arica, una ciudad multicultural donde el carnaval junta a gente de cualquier clase social en un mismo baile y hay familias enteras que bailan juntas. «Yo siento así el Gatero, como toda mi familia. Para mí mi familia son mis amigas, están en el Gatero y todas ganamos”.

No es una metáfora. El grupo tiene «de todo», enumera Amanda: gente que hace películas, producción, uñas, maquillaje, ropa, diseño. Se fueron reconociendo de a poco y ahora trabajan juntas. Amanda, que se mueve por las relaciones humanas, prepara una serie de pinturas sobre sus amistades, el verano, la juventud y la nostalgia.

Cuando les preguntamos por sus referentes, ninguna nombró a una artista famosa ni una película. «Mi referente es mi vida», responde Darla. «Ni siquiera tengo tiempo de meterme a redes a buscar a una persona, porque la tengo al lado”.

En una ciudad donde siempre está pasando algo, El Gatero no llega a competir con los carretes que ya existían. Llega a recordarles que se podían hacer de otra manera: con respeto, pagando lo justo y dejando que las que bailan sean también las que deciden.

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