En unos meses todos estarán acercándose a su sala de cine de preferencia para ver Hijas únikas, ópera prima de Alba Gaviraghi y la gran ganadora chilena de la 33ª edición del Festival Internacional de Cine de Valdivia: se llevó el Pudú a Mejor Película Chilena y el Premio Especial del Jurado de la competencia internacional de largometrajes.

Lo anterior es una predicción para la que no se necesita ninguna bola de cristal, solo rememorar cuando el año pasado, durante la tercera semana de octubre, el centro de Valdivia retumbaba en intriga por los estrenos 2025. ¿Qué chucha es Matapanki? fue la pregunta más repetida y el film que se consideró imperdible. Meses más tarde llenaría sala tras sala y se robaría las conversaciones de la materia. Un año antes, en su edición 2024, el festival había echado a rodar una bola de nieve que aún no se detiene: Denominación de origen.

Podríamos afirmar que durante esa semana se definen las tendencias, que ahí puedes conocer de antemano cuál será la próxima película taquillera. ¿Es necesario estar ahí para enterarse? No: el buen cine termina llegando a las salas. Sin embargo, año a año la programación se compromete con una tarea: escudriñar en los cortos y largos que recojan las inquietudes actuales, que exploren Chile de sur a norte.

¿Qué tienen en común las tres películas chilenas que el festival coronó en sus últimas ediciones? Nada, al menos en la superficie. Y ese es el punto más interesante.

Es imposible no removerse con Denominación de origen, el falso documental de Tomás Alzamora sobre un grupo de vecinos de San Carlos que pelea por el reconocimiento de su longaniza. Es graciosa y los diálogos son realistas, porque es una observación atenta de nuestra sociedad: buena para pelear, aunque nos cuesta llegar a terreno. Porque, como dice su protagonista, a las finales se trata de hacer lo mejor que uno puede. En 2024 se llevó el Premio Especial del Jurado y el Premio del Público.

Matapanki, de Diego «Mapache» Fuentes, mejor película chilena de 2025 y luego reconocida en la Berlinale, es refugio para todos aquellos que visten de negro con chapas y con medallas, que no son otra cosa que marcas de vino impregnadas en la ropa. Su protagonista, un punk de Quilicura que obtiene superpoderes cada vez que bebe, parece un cuerpo lleno de odio contra el sistema, pero se derrumbaría sin pensarlo ante su abuela en peligro. Al igual que él, yo correría por todo Santiago buscando a mi mami, deseando que esté bien. Al igual que su abuela, sé que la mía, a pesar de mis ropajes que no entiende y los tatuajes que le cargan, sabe que «mi corazón, a pesar de todo, siempre ha intentado hacer el bien».

Pareciera que, luego de debatirlo por décadas, el cine en Chile avanzó. Nuestra nación, jovencísima en comparación a sus vecinos, incrédula ante su propio talento, parece estar dejando de rascarse la herida y limpiándose las rodillas. A siete años del estallido social, se nos está acabando la edad del pavo.

La cicatriz social y política de la dictadura se hace ahora parte del mapa y no el corazón de los relatos. Con el respeto que siempre corresponde, nuestro cine ahora se atreve a recoger realidades actuales, a delinear nuevos personajes, a venerar códigos que son solo nuestros.

¿Qué era Chile antes? No me atrevo a decirlo, no estuve ahí. ¿Qué es Chile ahora? Un adolescente que a ratos se avergüenza de sus acciones, de su impulsividad, que sigue deseando las mismas cosas aunque ya con más calma. Que no se entiende a sí mismo, que tiene dos polos dentro terriblemente opuestos.

No es casual, entonces, que la ganadora de este año sea literalmente una adolescente. Hijas únikas transcurre en 2006, en pleno apogeo de la revolución pingüina y las marchas estudiantiles. Antonia (Antonia Pereira), de 16 años, se enfrenta a su madre (Francisca Gavilán) para reencontrarse con su pasado y buscar a un padre ausente. Gaviraghi se inspiró en su propia adolescencia y vistió la historia con la estética pokemona de esos años: el mismo país que salía a la calle con uniforme escolar se teñía el pelo y se ponía piercings.

¿Son los estrenos del FICV películas imperdibles, cinco estrellas cada función? No, y no es necesario que así sea. El punto es que son diferentes, que traen cosas nuevas, que muestran que somos mucho más que heridas y censura. Hijas únikas, en un ranking personal, se lleva 3 estrellas y un lugar de confort en mi corazón. Me dio canciones coreables y una escena dolorosamente memorable, además de una conversación acogedora con mi mamá.

Hijas únikas es una coming of age más, que sin dudas puede llegar al top 3 de cualquier lola, de cualquier pokemona. Sucede que no es un film perfectamente ejecutado, pero es real y, con lo difícil del desafio, retrata con una exactitud sorprendente la relación entre una madre soltera, como son tantísimas en Chile, y su niña.

Porque en parte eso somos por siempre las hijas únicas: niñas pequeñas. Y a la vez mujeres, desafiando mano a mano a nuestras madres a medida que crecemos. Les encontramos hasta el más mínimo defecto para enojarnos y terminamos creciendo con la esperanza de parecernos lo más posible a ellas. Aspiramos a tener vidas abismalmente distintas a las suyas, para terminar deseando tener al menos la mitad de sus fortalezas. No olvido ninguna pelea con mi mamá, aquellas de mi adolescencia en que estaba desesperada por demostrar que era distinta a ella, mi única referente, mi centro de gravedad.

No entiendo cómo hizo para que yo nunca sintiera que me faltaba algo. A veces me entristece haberla hecho sentir mal por preguntarle cosas sobre mi papá. Me da rabia con él por no ser como lo imaginé, por no estar en mi vida y conocer a la mujer que soy. Todos estos pensamientos me provocan ganas de llorar, y es exactamente la descripción de la catarsis de la película.

Arrodillada sobre su regazo, nuestra pokemona protagonista, apurada por crecer, llora como una niña pidiéndole perdón a su mamá. Siendo hijas únicas, crecemos sabiendo que nuestro único equipo es nuestra mamá. Por eso Antonia llora aunque no ha hecho nada grave, nada de lo que avergonzarse. Simplemente no la había entendido. Y tiene, por primera vez desde que importa, desde que es consciente de sí misma, el impulso de pedirle perdón.

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