Este 11 de Septiembre, por primera vez desde el regreso de la democracia, no se realizó ningún homenaje o acto en marco al aniversario del Golpe de Estado por parte del gobierno. Mientras que el Presidente de la República llamaba a ‘‘no aferrarnos al pasado’’ y los matinales frecuentados por nuestras familias bailaban al ritmo de la cumbia hablando de asados, había a la par personas extrañando a seres queridos que un día fueron arrebatados y, en algunos casos, no volvieron a verse.
Por G. Aranais Reyes
No nos aferremos al pasado, siempre y cuando nos convenga, ya que necesitamos hablar mal del gobierno anterior para enaltecernos con el casi nulo avance que hemos logrado (y evitar que la gente se fije en el retroceso). No nos aferremos al pasado, pero hablemos por favor de las Torres Gemelas en el canal del Estado porque ‘‘TVN fue de los primeros medios nacionales en informar sobre lo que pasaba’’ (en palabras del propio medio de comunicación el 11 de Septiembre de este año 2026). No nos aferremos al pasado, por eso tenemos que contratar personas sin experiencia en cargos de suma importancia luego de haber calificado al gobierno anterior como ‘‘el gobierno de practicantes’’.
Citando al mandatario: ‘‘No hay mejor homenaje para la patria que enfrentar las urgencias de nuestros compatriotas […] en terreno viendo cuáles son los dolores de los chilenos hoy’’. ¿A caso no es urgente para las personas que perdieron seres queridos saber qué pasó? ¿No es urgente hacer justicia por aquellos niños que jugaban en sus casas y fueron abatidos por balas de parte de agentes del Estado? ¿No es dolor de hoy el de un hijo que vio a su padre por última vez siendo arrastrado fuera de su casa sin entender por qué se lo llevaban? ¿No es doloroso acaso que hoy nuestros abuelos sientan inquietud cada vez que escuchan un helicóptero muy de cerca porque se acuerdan del Puma?
Quizá algunas personas que creen que eso no es motivo suficiente para tener un dolor hoy en día vendrán a decirme que no es mi problema porque yo aún no había nacido, pero sí me tocó ser una niña que escuchó a su papá llorar por perder a parte de su familia; me tocó también ser una amiga que acompañó a un joven a ponerle una vela al altar de su abuelo que no alcanzó a conocer porque un día se fue y no volvió; y, por si fuera poco, me tocó ser una universitaria que escuchó a su profesor de matemáticas relatar cómo ese fatídico día se encontraba estudiando en la UTE cuando su docente dijo ‘‘Quédense aquí, voy a revisar qué pasa’’ para luego enterarse de que fue asesinado por estar ‘‘en el lugar incorrecto’’. No lo viví, pero mi madre me crio con el amor y empatía suficientes para entender que si me hubiese sucedido al menos una de esas cosas estaría destrozada toda mi vida.
Hoy me saco esta espina con mucho dolor, como una docente en formación que si hubiese vivido esos tiempos probablemente no podría escribir esto el día de hoy, porque más de un centenar de profesores fueron asesinados por adoctrinar a sus estudiantes. También saco esta espina con incertidumbre, al ver cómo de a poco se trata de borrar la memoria de un pueblo con la idea de que eso nos hará más del primer mundo, dudando de si algún día la DICTADURA (no gobierno militar) ‘‘dejará de importar’’ porque ‘‘mejoró la economía’’.
No necesito ser militante para entender que asesinar por pensar diferente está mal. No necesito haber nacido en dictadura para comprender lo doloroso que es perder a un ser amado. No necesito haber sido perseguida para sentir empatía por quienes sí lo fueron.
Yo amo a mi país, ese país que resistió el hambre y las balas, ese país que no tuvo miedo a decir que no, ese país que trata de sanar sus heridas sin querer borrar la cicatriz, porque ver nuestras cicatrices nos recuerda qué debemos (o no) hacer para que no vuelva a pasar. Si eso para algunos no es amar mi patria es una pena, pero estoy segura que negar nuestras raíces históricas tampoco lo es.





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