Escrito por Dominique Gutiérrez.
Si observamos nuestra estructura social con detención, es fácil llegar a una conclusión tan fascinante como desoladora: el mundo, en su esencia más cruda, casi no ha cambiado. Los problemas de la Edad Media simplemente se han aglomerado en el tiempo actual, camuflados bajo las pantallas y la globalización. Las dinámicas del bufón de la corte y el escarnio en la plaza pública siguen intactas. Y, de la misma forma, quienes hoy tienen la lupa más filosa para diseccionar esta sociedad hiperconectada no suelen estar en la academia tradicional, sino en los márgenes: son las mujeres y las disidencias quienes se atreven a meterse en la boca del lobo para explicarnos cómo funciona el sistema.
Con esa misma mentalidad analítica encendida —esa necesidad de buscar los patrones detrás de los ruidos y las identidades culturales subterráneas— mi cabeza terminó chocando con una reliquia de los años 2000 que, sorpresivamente, me dejó marcando ocupado: Jackass.
A primera vista puede parecer ridículo, o incluso un despropósito, dedicarle un análisis sociológico a un grupo de tipos lanzándose por una colina en un carrito de supermercado. Yo misma me sorprendí del impacto que me generó al verlos por primera vez. Pero al mirarlos a través de esa misma lupa con la que desmenuzamos el mundo actual —pensando en la fragilidad masculina, en la cultura bro y en cómo la sociedad castiga la vulnerabilidad— el velo se cayó. Detrás de ese circo de acrobacias y vómitos, había un documento histórico brutal sobre una generación reprimida. Y la necesidad de destripar lo que realmente escondía esa violencia descontrolada se volvió una espina que me tenía que sacar.
El carnaval grotesco y el mito de la «crisis»
Llevamos tiempo escuchando a charlatanes de internet y opinólogos quejarse de que «la masculinidad está en crisis» y que «ya no hay hombres como antes». Pero la verdad es que la masculinidad hegemónica siempre ha entrado en pánico cuando sus privilegios tiemblan. Para entender Jackass, hay que entender el vacío de su época: nacieron a finales de los 90, en el auge del «sueño americano», una época donde no había grandes guerras que pelear, el pop era de plástico y la vida de la clase media parecía estar resuelta.
Al no tener un propósito épico que conquistar, la agresividad masculina se volcó hacia adentro. El programa fue la colisión de outsiders de la cultura del skate (como Bam Margera) y de revistas underground (como Johnny Knoxville). Ante la falta de una identidad profunda que abrazar, construyeron el Boy’s Club más extremo de la historia de la televisión. Mientras otros hombres validan su hombría levantando pesas en el gimnasio o invirtiendo en criptomonedas, ellos usaron sus cuerpos como lienzos para rebelarse. Irrumpieron en la televisión perfecta para recordarnos, de forma grotesca nuestra condición animal: sangramos, nos rompemos huesos y defecamos. Era la versión moderna de ensuciar la plaza del pueblo para burlarse de la realeza.
Abrazos camuflados de violencia
En estos Boy’s Clubs, los hombres solo se reconocen como iguales a través de una competitividad extraña. Y lo más conmovedor y trágico de mirar Jackass en retrospectiva es ver a un grupo de tipos que claramente se adoran, pero a los que el patriarcado les robó el diccionario emocional. Como el sistema no les permitía decir «te quiero, hermano, eres importante para mí», la única forma socialmente aceptada de demostrarse afecto era curándose las heridas y riéndose juntos después de saltar sobre alambre de púas.
Es un show profundamente íntimo y homoerótico, pero camuflado bajo la excusa de «es solo una broma entre machos». Se la pasaban semidesnudos, tocándose, depilándose y mostrando sus genitales constantemente. En cualquier otro contexto, esa vulnerabilidad e intimidad física habría sido castigada socialmente por sus pares. Pero al enmarcarlo como «dolor» y «humor extremo», el sistema les daba permiso. El dolor era el peaje que pagaban para poder quererse en público.
El costo de la invencibilidad y el macho que revienta
Pero el sistema corporativo rara vez perdona, y MTV monetizó su autodestrucción hasta llevarlos al límite. A los hombres se les vende constantemente la trampa del héroe individualista: la idea de que deben ser invencibles, sostener todo el peso del mundo sobre sus hombros y jamás pedir que los cuiden. Al «macho alfa» se le enseña a gestionar las emociones solo, en silencio, hasta que revienta. Y estos chicos reventaron.
El mito del hombre indestructible chocó de frente con la fragilidad de la vida real. Steve-O tocó fondo con las adicciones hasta que el grupo tuvo que intervenir para salvarle la vida. Bam Margera, tras la muerte trágica de su «hermano de sangre» Ryan Dunn en 2011, se fracturó por completo; al no tener herramientas emocionales para procesar el duelo ni saber cómo pedir ayuda, lo perdió todo.
No eran de acero. Eran los canarios en la mina respirando el aire tóxico de una masculinidad que les exigía aguantar cualquier golpe sin llorar. El clímax de esta tragedia queda expuesto en la película Jackass 4.5. Allí los vemos, ya rozando los 50 años, hablando de diagnósticos clínicos de estrés postraumático (PTSD), de cosas brígidas… y riéndose. El humor negro sigue siendo el único mecanismo de defensa que conocen para procesar el trauma de una vida entera siendo los bufones de la televisión.
El manifiesto de los huesos rotos
Mirar Jackass hoy es ver el reflejo de un problema que sigue intacto: a los hombres históricamente solo se les ha permitido demostrar afecto a punta de violencia. El sistema ha secuestrado su vulnerabilidad.
El homoerotismo encubierto en sus bromas o el simple deseo de intimidad masculina no tienen nada de malo ni son motivo de burla; los hombres tienen todo el derecho a amarse, a cuidarse y a demostrarse afecto sin que nadie tenga por qué decirles cómo hacerlo. La epidemia de soledad masculina de la que tanto se habla hoy no es un accidente, es un aislamiento que la sociedad se ha encargado de construir bloqueando sistemáticamente el desarrollo de su sensibilidad y castigando el simple acto de dejarse cuidar.
Por eso, el mensaje final que nos deja el derrumbe emocional de estos ídolos de los 2000s no es una simple condena, es una advertencia. Hombres: toda esa represión que a veces confunden con «comodidad» es, en realidad, su peor aliada. El acto de rebeldía más grande que pueden ejercer hoy contra el sistema no es romperse la cabeza contra el pavimento para encajar, ni aislarse en la soledad del héroe. Es tener la autoestima suficiente para no caer en estas prácticas.
La verdadera revolución no pasa por destruir la masculinidad, sino por perforarla para que, por fin, pueda entrar la vulnerabilidad. En un mundo que nos quiere alienados y compitiendo eternamente, el acto más radical está en atreverse a sentir. Está en abrazar nuestra propia identidad, nuestra sensibilidad y nuestras raíces con tanta fuerza que el sistema no tenga por dónde fisurarnos. Esa es nuestra mejor arma, porque la sanación jamás vendrá de hacernos daño.
Y ahora, la espina te toca a ti: ¿Te generó incomodidad leer esto? Quizás valga la pena detenerse a pensar si hay algo que aún no te has preguntado sobre tu propia identidad, o si, en el fondo, sigues criticando y burlándote exactamente de aquello que tú mismo haces para sobrevivir a la norma.
Referencias
- SERIES INFINITO. (2025, 30 de noviembre). JACKASS: la tragedia que los rompió por dentro [Video]. YouTube. https://youtu.be/7hypptMLZoU
- PutoMikel. (2024, 29 de noviembre). ¿Por qué ya no hay HOMBRES COMO ANTES? [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=PXOgOFcn0kI
- Tremaine, J. (Director). (2022). Jackass 4.5 [Película]. Paramount Pictures; MTV Entertainment Studios; Dickhouse Productions.






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