Para Martín Toro, 22 años, la cámara no es un instrumento de registro sino un órgano sensorial. Sus fotos, a través de su lente, no documentan lo que pasó: capturan como se sintió.
Hay una hora en que la ciudad se vuelve de otro material. Cuando las obligaciones se apagan y queda solo la energía que uno le pone a lo que realmente le importa. Para Martín, esa hora llegaba tarde en la noche, avanzando proyectos en su pieza, y cuando salía a buscar algo para comer era otro ser: sigiloso, nocturno, moviéndose entre las sombras tal cual Nosferatu atravesando un pasillo. De ahí nació el nombre de su proyecto fotográfico: La Cripta.
“Es como hablar del proceso, del trabajo fuera de las responsabilidades que uno tiene. Matarte en los tiempos libres de la noche, o del día, o cuándo sea, para tratar de darte pega y que sí resulte”, dijo. La Cripta es eso. El tiempo robado al cansancio, oficializado el año pasado pero gestado en silencio hace cuatro.
El origen
Martín estudia Comunicación Audiovisual. No entró por las cámaras ni por el lenguaje técnico, sino por algo más difícil de nombrar: la necesidad de saber plasmar un mensaje en cualquier medio posible. “Me di cuenta de que me gusta la comunicación. Sea cual sea el mensaje y el medio, saber plasmarlo en algo donde se pueda transmitir y expresar de distinto modo”, expresó.
La fotografía llegó de manera lateral. Sus primeras fotos fueron para una banda de psicodelia que vivía en la esquina de su casa, en Belloto Norte, una de las tantas comunas que se pueden encontrar al interior de la zona de Valparaíso. Ellos le abrieron la puerta, él llegó con una cámara prestada por su papá y algo empezó a gestarse. Martín describió esta experiencia como “algo muy de chiripa, pero fue una banda que me marcó alto”.
Analizar, componer, capturar
Cuando está trabajando en una tocata, junto a su Sony A6000, Martín sigue tres pasos que él mismo ordenó en una conversación con una amiga: analizar, componer y capturar. No son etapas separadas sino un estado de percepción continúa.
“Lo primero es llegar lo más fiel a la tocata, observar y ser perceptivo. Ir anticipando un poco lo que pasa. Si veo que el cantante tiene un tic de siempre acercar la boca al micrófono de cierta manera, voy a esperar a que ese momento llegue para capturarlo”.
Lo que más le importa no es la técnica ni el encuadre perfecto, sino la luz y el movimiento. “Una foto la encuentro fome si está muy estática. Quiero que se vea desordenado, que se vea el movimiento, que se vea algo”. Las siluetas recortadas contra la luz del escenario, el batero capturado desde dentro de los platos con el ojo de pez, el guitarrista arrodillado arreglando sus pedales en un momento que nadie más registró. Eso es lo que busca.
¿Cómo llegar a esos ángulos? Martín simplemente se mete. Se sube a los parlantes, se arrastra entre el público, pone el lente donde físicamente tiene que estar para que la foto funcione. “No puedo conseguir las fotos que quiero sin acercarme, es imposible. La cámara me lo pide. Yo soy el mensajero”, contó.
El blanco y negro como accidente
El estilo visual de La Cripta, ese blanco y negro granulado con bordes rancados que evoca fanzines fotocopiados y bootlegs de cassettes no nació de una decisión estética premeditada. Nació de un error.
En una tocata en el bar Vienés las fotos salieron demasiado oscuras. El escenario es pequeño y la iluminación no era muy halagüeña para las fotografías. El resultado en color no era lo que Martín quería entregar. Entonces, abrió Photoshop y empezó a trabajarlas en dos tonos, y algo hizo click: “Empezaron a parecer como fanzines”. Añadió el granulado, los bordes deteriorados, y el estilo que buscaba apareció por accidente.
“Me concentro más en la luz que en el color. Cuando sacas las fotos en la cámara te daba la sensación, pero en blanco y negro se acentúa”. Desde entonces, es una costumbre que ya no cuestiona.
La selección como oficio
De una noche con una banda, Martín puede sacar más de quinientas fotos. A veces mil. Lo que entrega son entre quince y treinta. Esa distancia entre el bruto y el resultado final es donde ocurre buena parte del trabajo.
“Hay una selección muy larga. Luego está la postproducción”, dijo. Para él, no es solo elegir las mejores, sino construir un conjunto coherente que cuente algo, que tenga ritmo. “Si el guitarrista en algún momento bajó a arreglar los pedales, una cosa muy equis, pero si lo compones bien, si lo cuentas de la manera correcta, va a ser super interesante. Esa es la cosa”.
La Cripta hacia adelante
La fotografía convive con otros proyectos. Martín tiene un proyecto musical solista que todavía carga con el nombre de una banda disuelta, Sprt1pk (Espérate un poco), aunque lo que hace ahora es otra cosa: electrónica de corte sucio, influenciada por dubstep con su sonido noventero pastoso de la cinta, actualmente se encuentra transformado en un sonido lofi de electrónica que va desde el IDM, pasando por el folk-gaze y el grunge, con una producción que suena metálica e imperfecta a propósito.
Dibuja cuando está en el metro. Hace diseños. Acaba de terminar el arte de un bootleg de cassette. Todo circula por el mismo impulso: que los proyectos que le importan tengan una forma visual propia, que se puedan ver desde distintos ángulos.
Para La Cripta, la idea es que crezca hacia una web, un espacio que no sea solo fotografía, sino también diseño, packaging, merchandising para bandas. Algo que se mueva en la misma órbita que la escena local de Valparaíso, Viña y el interior, sin quedar encerrado en una sola etiqueta.
“Quiero hacer algo que no se encierre en lo mismo”, reflexionó, pensando en cómo diferenciarse de referentes que admira, como Expresión Subterránea. La Cripta tiene que ser su propia cosa.
El artesano
Cuando se le preguntó cómo describiría su trabajo, Martín no dudó mucho: artesanía. Y después agregó más palabras, porque una no alcanza: confección, percepción, análisis, conceptualización, sensibilidad, sensorialidad, detalle, instante.
“La gracia de sacar fotos en una tocata es que me quedó gustando cómo quedaron, porque siento que eso redondea. Es como la guinda de la torta. El evento fue tal y ahí está el recuerdito. Eso trato de hacer con mi trabajo: que la gente las vea y conecte con lo que pasó”.
Todo lo aprendió equivocándose. La cámara, el modo manual, la postproducción, el estilo. Ninguna escuela le enseñó, la experiencia sí.
“Hay que confiar en el proceso”, dijo. En su caso, esa frase no suena a cliché motivacional, suena a alguien que a las dos de la mañana todavía está editando, buscando la foto que redondea la noche, que guarda el instante de la manera correcta para que cuando alguien la vea, algo se despierte.















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