Luego de semanas de menor actividad, dos fechas consecutivas en Viña del Mar y Valparaíso reactivaron el pulso en Tengo Una Espina. La música en vivo sirvió, una vez más, como punto de partida para observar de manera detallada lo que está ocurriendo en el movimiento musical de la zona.
Hace un rato que nos han estado preguntando el porqué hemos estado un poco inactivos. Y la verdad es que, a veces, la vida simplemente sigue avanzando sin que nos demos cuenta. Entre relaciones, trabajos más formales que sostienen lo que hacemos en Espina, y cosas tan mundanas como el ritmo cotidiano, el ejercicio de sentarnos a escribir lo que sentimos se nos va pasando.
Quizás no deberíamos confesar estas cosas, pero también creemos que la honestidad y recargar la creatividad pesa más que la frecuencia. O al menos eso queremos pensar. Es lo que nos repetimos: hay que intentarlo. Lo cierto es que todos estamos intentando lograr lo que queremos. Intentándolo todo el tiempo, como dice La Bebé.
Precisamente, eso era lo que faltaba para detonar la criptonita de las ganas de contar lo que vimos: estar presentes, disfrutar las oportunidades que se nos dan: ver a increíbles bandas en vivo.
¿Dónde estuvimos el fin de semana recién pasado, entonces? El sábado tomamos metro hasta la estación Miramar para llegar hasta el clásico Bar Vienés. Su line up, esta vez, era más bien sensible que de costumbre: la suavidad de la banda porteña Nanai, la emoción del pop en solista de Floresalegría, los gritos adictivos de La Bebé, y todo el universo gótico, un poco new wave/post punk, que arrastra consigo La Casa Caída.
Jornada 1: El romanticismo de Basura Moderna
Cuando uno pasa por fuera del local, es muy fácil reconocer los días en que hay música en vivo. En sus puertas que dan el rostro a la calle se reúnen todo tipo de personas ya sea para tomar aire fresco en una búsqueda de pausa del acalorado lugar, fumar un tabaco en lo que se cambian las bandas, o compartirse fuego mientras conversan divertidos, inconscientes de la vida que entregan a la esquina de Viana con Av. Valparaíso.
Las encargadas de abrir fueron Nanai y no hay mejor nombre para la banda. Suave y no por eso menos potentes, el quinteto disidente hizo bailar en su visita a Viña del Mar a la alta asistencia de la fecha, porque ese día no se podía avanzar por el bar sin decir constantemente «permiso».
Luego vino Floresalegría, de quien solo habíamos escuchado buenos comentarios y, en efecto, es una experiencia que no hay que perderse. Su música recuerda a los tiempos dorados del indie pop en Chile, cuando Dënver nos enseñaba sobre música, gramática y gimnasia, su performance hace imposible sacar los ojos del escenario.

Después, La Bebé, que estrenaron hace poco su segundo álbum “Las formas”, y coronan siempre con nota alta las jornadas en las que participan: consiguen una sinergia particular con el público, uno no puede resistirse a saltar, no se puede sacar de la cabeza sus gritos agudos y pegajosos. Es como si se vaciara el pecho al escucharles.

Para cerrar la jornada, ya pasadas las doce de la noche, subió al escenario La Casa Caída. La puesta en escena: la fachada de una casa hecha de cartón, una luna colgando, un vocalista de cara pintada y cubierto por una túnica blanca. Y un público expectante que, al contrario de ir perdiendo energía, parecía que había hecho una reserva especial para recibirlos. Sus canciones, que se mantenían entre post punk y shoegaze, fueron coreadas de tal forma que no pudimos evitar sentir que llegamos sin la tarea hecha. Esos son los momentos que hacen que uno quiera volver y volver a fechas como estas, pararse un segundo entre la gente y pensar: ¿hace cuánto me estoy perdiendo todo esto?
Jornada 2: El jardín secreto del Periodo Estival
Al día siguiente, el Espacio La Compañía de Valparaíso recibió el Periodo Estival Vol. 2: con la presencia de Akero, Fosfenos, Blum y Todos Mis Amigos Están Tristes. Por Baldomero Lillo, esa calle tan cerrada cerca de la Av. Argentina, se encuentra un jardín de ensueño.
Akero acababa de terminar de tocar al llegar, y esa delicadeza que deja en el ambiente el shoegaze era tangible. Nadie parecía atormentado por la realidad del país o el mundo en ese momento, y si algo quedaba, se fue entre los empujones. Encontrando caras conocidas entramos al público, nos dispusimos a disfrutar de la presentación de Blum, y esa sensación de haberse estado perdiendo algo se amplificó. El público hacía lo que la banda quería. Se formaban en círculos para saltar y gritar las canciones, las cantaban con fuerza.
Fosfenos le dejó claro a todos los asistentes que son explosivos, que, como su nombre indica, son ruido incandescente y en patrones luminosos. Incluso estando fuera de la sala donde tocaban se escuchaba intensamente. Esta banda ha formado buena amistad con Blum, siendo ambas de las revelaciones más energéticas del último tiempo en el emo chileno. Con su exitoso EP homónimo estrenado el recién año pasado , dejaron el corazón en aquel ex monasterio, hoy convertido en espacio cultural.
La última palabra la tuvo Todos Mis Amigos Están Tristes, que ya son fórmula comprobada. Estos temucanos, que tocan desde el 2022 son un nombre reconocible entre quienes disfrutan de la nueva escena que con tanta pasión se está forjando en el país. La escena se asemejaba mucho a estar entre gente de fe, y ver a cualquiera de las bandas ya mencionadas sin saber las letras era como ir a misa sin el conocimiento de rezar. Quizás no salía de ti, pero las bendiciones las ibas a recibir igual.
Todos se quedaron hasta el final, y fue irresistible sumarse al mosh. En paralelo a los gritos y los saltos dentro del Espacio La Compañía, afuera, en todo Valparaíso, la energía solo crecía, pues Wanderers había salido campeón de la Copa Libertadores sub-20, consolidando la tercera vez que un equipo chileno consigue esta victoria.










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