La cultura no pertenece a unos pocos. No es un patrimonio exclusivo de las élites, de los espacios consagrados ni de quienes cuenten con el tan preciado valor institucional. La cultura, la verdadera, la viva, es un tejido diverso que atraviesa identidades, territorios, prácticas cotidianas y comunidades enteras. Porque, al fin y al cabo, todos los espacios tienen un valor cultural que debe ser tratado dignamente. Defender esta visión es urgente, especialmente en un país donde algunas expresiones siguen siendo celebradas, mientras otras permanecen relegadas al margen o incluso censuradas o perseguidas por la policía. 

El mundo de las tocatas

La identidad se sostiene en un equilibrio entre lo colectivo y lo individual, así lo explica el sociólogo mexicano Gilberto Giménez. Lo compartido nos une, pero lo singular nos diferencia. Ambos planos conviven, se complementan y dan forma a la identidad única de cada persona. Esta idea abre una puerta fundamental: la diversidad cultural no solo existe, sino que es deseable, porque permite que todos podamos aportar desde nuestras particularidades sin perder el derecho a ser reconocidos.

¿Dónde podemos ver eso? Un claro ejemplo son las tocatas autogestionadas que se viven todos los fines de semana a lo largo del país. El mundo punk, emo, rock, constituye comunidades que construyen símbolos, valores, y formas de vida propia. Sin embargo, muchas veces estas expresiones deben esconderse en la noche o en bares. No por elección propia o estética, sino por rechazo o desconfianza social. Lo que pasa es que, en dichos lugares, también se crea cultura, aunque no siempre se le llame así. ¿Qué impide que estas manifestaciones tengan un espacio en lo público como cualquier otra? ¿Por qué lo clásico tiene cabida en festivales municipales, mientras lo emergente debe sobrevivir en la sombra?

La UNESCO dejó en claro que la cultura no se reduce únicamente a letras y artes. También incluye los modos de vida, las creencias, tradiciones y la forma en la que nos relacionamos con nuestro entorno. Esto deja en claro que la cultura es dinámica, múltiple, y profundamente arraigada a la vida social. No es un objeto, es una práctica en constante transformación.

El problema de la alta cultura y la visión eurogringa

Pero aquí surge una tensión inevitable y un problema enorme: no todas las manifestaciones culturales reciben el mismo reconocimiento; y eso tiene que ver menos con su valor y más con las estructuras que definen qué es “legítimo”. Como plantea George Dickie, las obras son arte según la posición que ocupan dentro de un marco institucional. Esta lógica, todavía heredera de la tradición eurogringa y colonial, sigue privilegiando la llama “alta cultura” por sobre lo popular, lo mestizo, o lo comunitario.

Valorizar solo lo consagrado implica desvalorizar a las personas que portan otras culturas. Y eso es grave porque todos somos sujetos de derechos culturales. No solo quienes producen arte o participan en sistemas formales. Eso se ve en el mundo de las tocatas, con sus proyectos musicales emergentes que logran abrirse paso gracias al empuje autodidacto, pero también al reconocimiento municipal que, cuando llega, transforma espacios, audiencias e imaginarios completos.

La riqueza en la diversidad cultural

La diversidad no es solo una característica: es una responsabilidad. En regiones como Tarapacá, donde conviven culturas indígenas, migrantes y comunidades históricas, la educación intercultural bilingüe demuestra que la cultura no es estática ni exclusiva. Se nutre del encuentro. Se fortalece cuando dejamos de imponer una mirada única y comenzamos a reconocer la riqueza que surge del cruce entre identidades.

Por eso, defender los derechos culturales no es un gesto simbólico: es una posición política. Significa asegurar que cada persona pueda participar, crear, transformar, y especialmente disfrutar de la cultura en igualdad de condiciones. Es romper con la idea de que solo lo europeo, lo gringo, lo académico o lo institucionalizado es valioso. Y significa, especialmente, entender que detrás de cada práctica cultural, desde una orquesta sinfónica hasta una tocata punk, hay personas que buscan lo mismo: comunidad, expresión y pertenencia.

La cultura vive en todas partes y en nosotros. El desafío es que sea reconocida como tal.


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