Los humanos siempre hemos sido seres curiosos. Los griegos creían que la sabiduría no se encontraba en las respuestas, sino más bien, en el arte de preguntar, indagar, agitar las certezas en el mundo. 

Esa misma fuerza, ese impulso psicológico que nos mueve a explorar, ha sido el motor detrás de grandes descubrimientos, creaciones, y las miradas que intentan capturar lo inefable. Porque, como decía Barthes, la fotografía es contingencia pura y no puede ser otra cosa. Entonces, ¿qué ocurre cuándo esa curiosidad se convierte en la necesidad urgente, la inquietud casi incontrolable, de mostrarle a los demás cómo ves el mundo?

La oración surgió tan pronto se presentó: “A mí, en la vida, me da sentido la fotografía. No podría vivir sin ella”, nos contó Esperanza, convencida de la epifanía y revelación que este arte le ha dado en su día a día. “Hay imágenes que me emocionan y me conmueven, donde deseo que la persona que estoy fotografiando estuviese viendo lo que veo yo”.

Esperanza Fuentes Araya es licenciada en Literatura Creativa y tiene un máster en Investigación y Creación en Arte. Esto último la llevó a emigrar a España, país que llamó hogar durante cuatro años. Fue ahí donde la fotografía se transformó en su puente entre dos naciones, familias y amores. La cámara se volvió el instrumento donde depositaba y entregaba su afecto y cariño. Porque, al final, el amor es más que un ideal religioso o espiritual, es una fuente de alimento para la imaginación y creatividad humana. 

Las fotografías 

Capturar los momentos es algo mágico. Regalarlos, ser el transmisor, casi el servidor, también lo es. Para Esperanza, que oscila entre la fotografía digital y análoga, igualmente es un proceso lleno de emoción, nervios y de deseos (sobre todo al momento de ir a revelar los rollos). 

En estas fotos podemos ver a sus amigos, a sus hermanas Amparo y Consuelo, retratados no solo a través del lente de la cámara, sino también, desde el ojo y corazón de la fotógrafa. 

¿Por qué eligió estos momentos para compartirlos con Espina? Esperanza nos contó: «Elegí estas fotografías porque creo que muestran distintas aristas de mi trabajo. Tengo muchas imágenes de fiestas, y podría haber seleccionado solo esas, pero sentí que mientras vivimos esos encuentros también transitamos por otros caminos: el amor, el desamor, la familia… y me parecía importante mostrar todo eso”.

“Me gusta ver a la gente bailar, sentirse linda con sus mejores outfits. Muestra esa linealidad de la vida. También estuve mucho tiempo trabajando en el concepto del yo en el otro. Ahora estoy en una parada más holística, espiritual, de entenderme y ver cómo se refleja en mi fotografía”, agregó. 

A Esperanza, estas escenas le evocaron una emoción. Cuando las vio nuevamente, le despertó una completamente distinta. “Hay imágenes que me conmueven, que me hacen pensar: ojalá esta persona pudiera verse como yo la veo. Que pudiera reconocer su belleza en instantes de tristeza, felicidad, en una caminata o en una fiesta”, comentó.

En el fondo, la fotografía es una manera de conectar con el entorno que nos rodea, de comprender el mundo a través de lo que nos emociona. Esperanza dijo: “Con la naturaleza me pasa algo similar: busco retratar la belleza que yo percibo en ese momento. Y cuando llega el proceso de revelado, cuando por fin veo los resultados, me invade una sensación de gratitud. Miro las fotos y pienso: qué suerte tengo. Qué suerte de poder estar cerca de esta gente, de compartir con ellos, y de que siga llegando gente nueva a mi vida”. 

Entre el amor y la inspiración

Esperanza tuvo su primera cámara en octavo básico, regalo de su madre Karina. Era una niña tímida e introvertida y esta fue la oportunidad de estar en situaciones donde usualmente antes no estaba. “Me dio una voz, le sacaba fotos a mis compañeros en alianzas, a gente del colegio… Me dio relaciones que antes no tenía y abrió espacios en los que nunca había estado”, recordó. 

Hoy, a sus 27 años, Esperanza encuentra nuevas inspiraciones al momento de capturar imágenes. Mencionó a Nan Goldin como una de sus referentes, aunque reconoce que, en realidad, sus verdaderas inspiraciones se encuentran en sus amigues y hermanas.

“Cuándo estaba en España fue una revelación para mí. Conocí a gente que es pintora, fotógrafa, que trabaja en el mundo de la cultura independiente de su disciplina… y aprendí mucho de sus procesos creativos, encontrarle un sentido a tu propia técnica”, mencionó. Esa experiencia marcó un antes y un después en su forma de mirar y crear. Le permitió entender que la inspiración también puede nacer de lo cotidiano, de los vínculos y de las personas más cercanas.

“Yo soy la mayor de mis hermanas, Amparo y Consuelo, y eso me ha dado un plano mucho más general: las he visto crecer, verlas trabajar sus inseguridades, con sus distintas etapas de identidad. La fotografía me ha ayudado a reforzar esta relación, a estrechar lazos y espacios de intimidad”. 

Para ella, esta búsqueda artística se transformó en una forma de expresión, una necesidad que trasciende más allá de lo comercial o publicitario. Esperanza encontró que lo esencial está en la honestidad y en la identidad de cada proyecto, convencida de que ambas cualidades se perciben con claridad cuando una obra está hecha desde un lugar auténtico.

Porque, como dijo E.M. Foster: solo hay que conectar, vincular, unir; y el amor humano alcanzará su máximo esplendor. Esperanza encontró esta conexión en cada disparo, flash y destello de luz que captura su cámara.

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