¿Cómo debería vestir un presidente? Aunque queda a criterio de cada mandatario, la forma en que se presentan ante el ojo público manda un mensaje. Como dice la teoría, no comunicar es imposible, y tanto sus estilos de liderazgo, su historia, sus pretensiones e incluso sus profesiones anteriores quedan expuestas en las prendas que escogen.

Este domingo, y tras la amplia imposición de Jeannette Jara en las primarias presidenciales del oficialismo, el partido comunista de Chile consiguió, por primera vez desde el retorno a la democracia, el apoyo total de la coalición en la carrera de su candidato hacia el primer mando del país.

En la misma semana, el mandatario de los Estados Unidos, Donald Trump, pide públicamente comparecer las audiencias contra el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, que enfrenta internamente cargos de fraude y abuso de confianza, tachándolo de persecución política.  

Entre otras cosas, a Netanyahu se le acusa de haber favorecido regulatoriamente al gigante de telecomunicaciones Bezeq a cambio de una cobertura mediática favorable en el sitio de noticias Walla! (caso 4000). El primer ministro ha negado todos los cargos, contando con el apoyo total de Trump, quien ha dicho que “Bibi” es una persona de respeto, y ha señalado que son estos juicios los que retardan procesos como las mediaciones con Irán, o la aún pendiente liberación de rehenes en Gaza. 

Lo anterior no es de sorprender, los mandatarios no sólo han mantenido una buena relación por años, sino que además, tienen muchas cosas en común. Ambos han utilizado su influencia para desacreditar procesos judiciales en su contra, son símbolos globales de una ola autoritaria conservadora, y entienden el poder del relato público, intentado controlar los medios a su favor. Justamente, ambos también visten de traje oscuro, y corbata roja. 

¿Cómo debería vestir un presidente? Si bien nada establece un código de vestimenta apropiado, la tremenda importancia del cargo denota por sí sola una necesidad de formalidad. Aunque queda a criterio de cada mandatario, la forma en que se presentan ante el ojo público mandar un mensaje. Como dice la teoría, no comunicar es imposible, y tanto sus estilos de liderazgo, su historia, sus pretensiones e incluso sus profesiones anteriores quedan expuestas en las prendas que escogen.

Como dato curioso, durante la última semana, la editora en jefe de la revista Vogue, Anna Wintour, dejó el cargo que ocupó por 35 años y que le daba responsabilidades como organizar la MetGala, el evento benéfico de moda más importante del año. La cena tiene una lista breve de personas no gratas, entre ellas: el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. 

¿Saben los mandatarios de moda? ¿Sería distinta la influencia de un presidente fashionista? Lo cierto es que es un arma discreta, Volodimir Zelenski, el presidente de Ucrania, cambió las camisas por buzos luego de que su país y Rusia entraran en conflicto. Según ha comentado, esto se mantendrá hasta que la situación vuelva a la normalidad, generando un contraste visual que no deja de denunciar la guerra en Ucrania en cada reunión oficial en la que Zelenski participe. 

El presidente saliente de Chile, Gabriel Boric, suele ser criticado dentro del país por su aspecto más relajado y su característico desapego con las corbatas. Pero Boric es también el presidente más joven de nuestra historia, con una carrera política que comenzó en la Federación de Estudiantes de Chile y que continuó en la cámara de diputados, donde era común verlo exaltado interviniendo con camisas desabrochadas en el pecho. Gabriel fue también parte de aquel punto -que pareciera ahora tan lejano- de quiebre en Chile, cuando en el 2019 la sociedad chilena estalló, como lo hacen las teteras cuando el agua alcanza el punto máximo de ebullición, en un chillido estridente que unió, como pocas veces ha ocurrido, a manifestantes a lo largo del país.

Sigue en la memoria colectiva una portada de la época, que mostraba con una mezcla de orgullo y sorpresa a dos millones de chilenos reunidos en la Plaza Italia. Todo aquello decantó en un proceso constituyente, una meta que partió como un simple cantico en las marchas y que terminó por llevar a las urnas la decisión de abandonar o no la constitución redactada durante la dictadura cívico militar encabezada por Augusto Pinochet. El desenlace ya todos lo conocemos. 

Las cosas no se dieron como se imaginaron. La constitución, tras dos votaciones, sigue siendo la misma. Pero lo cierto es que hay valor en el simple intento, hay cambios que no pueden realizarse de una década para otra, y al menos ya sabemos que fuimos capaces de reconocer que algo estaba mal desde la raíz. En una lógica similar, la llegada de una figura como Gabriel Boric a la presidencia fue un avance semántico. Un voto de confianza -y de escapada de la extrema derecha- en alguien joven. Durante su período, se lograron varias de las promesas realizadas en campaña, entre ellas la implementación de la Ley de 40 horas laborales, el copago cero en salud, el aumento del salario mínimo a $500.000 y la reforma previsional. A la vez, se siguen esperando avances concretos en seguridad, la regulación del cannabis, y la ley de identidad de género. 

Aún sin cumplir cuarenta años, Gabriel Boric podría postularse más de una vez a la presidencia del país en el futuro. Incluso, podría volver a gobernar, si la historia termina por posicionar a este gobierno como uno positivo. Sin corbata y con una impronta juvenil, el presidente deja ver su aproximación al cargo: dispuesto y preparado, pero sin saberlo todo aún. Quién sabe, quizás se incluya a la lista los gobierno 1 y 2 de Boric, tal como con la primera presidente mujer que ha tenido Chile, y ahora secretaría de las Naciones Unidas, Michelle Bachelet, o como con el ya fallecido mega empresario Sebastián Piñera. 

Michelle Bachelet, con su aspecto maternal y su tono de voz suave, gobernó en primera instancia justamente con un toque femenino y con avances solidarios, como la Red de Protección Social Chile Crece Contigo, el establecimiento de  una pensión básica solidaria y avances en equidad de género. Como primera mujer presidenta de Chile, surfeó una dura recesión global, resultando en políticas fiscales contracíclicas. Es precisamente con todo esto, y con las mismas prendas que se podrían imaginar en una profesora, una madre, una vecina o, en fin, una señora a la que uno acudiría por un consejo, es recordada.  

Por su parte, siempre de camisa, el doctor en economía Sebastián Piñera gobernó el país como a una empresa, asumiendo el cargo centrándose en, ese momento, lo más urgente: la reconstrucción de viviendas, escuelas e infraestructura. Su gobierno destacó por el enfoque técnico y rápido, con un crecimiento económico sostenido de más del 5% anual. Siguiendo la tendencia de líderes de potencias mundiales, usaba comúnmente una corbata roja, color que representa autoridad, poder, fuerza e ímpetu. 

Donald Trump viste de la misma forma para dar sus histriónicos discursos y anunciar sus poco premeditadas medidas. Por su parte, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, quien además gobierna, como no ha sido común en Israel, con una bancada extremadamente conservadora, religiosa y sionista, viste de corbata roja tanto para recibir criticas dentro de su nación como para anunciar nuevos ataques al enclave palestino, cuando no le tiembla la voz al ser claro en querer desplazar a la población de Gaza, o cuando se muestra mucho más dócil ante los tribunales que lo condenan, por un lado, por corrupción, y por otro, por crímenes de guerra. 

Cuando no usan corbata roja, utilizan una azul. Barack Obama, por ejemplo, usaba frecuentemente trajes y corbatas en azul marino, tono que transmite cercanía y control. El azul es la vestimenta de líderes políticos que comunican liderazgo racional, institucional y mesurado. En tiempos de crisis o incertidumbre, se vuelve un recurso estratégico para calmar, unir y transmitir dominio de la situación. (Incluso puede interpretarse como una apuesta a la transversalidad).

La ropa no elige presidentes, pero los presidentes sí eligen qué ropa usar. En esa elección silenciosa se esconde una herramienta poderosa: el lenguaje simbólico del poder. Vestirse es comunicar. Y para quienes cargan con el peso de representar a una nación, cada prenda puede convertirse en una declaración de principios.

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