Haciendo memoria y sin considerar velorios, ¿cuándo fue la última vez que fuiste a una iglesia?

(…) La primera comunión la hice desinteresadamente en la infancia y desde ahí la distancia entre la fe y yo sólo se hizo más y más grande. Cuando los días de vía crucis llegaron, yo aún sentía que toda mi confusión y melancolía eran los estigmas más importantes.

Pero soy periodista y el papa, un líder espiritual mundial, estaba entre la vida y la muerte y me correspondía prestar atención a cada boletín que emitía el Vaticano. Con sus crisis respiratorias por las noches y sus leves mejoras por las mañanas, la figura de Francisco I poco a poco comenzó a sembrar curiosidad en mí. Y entonces murió.

(…) La última vez que le oré fue junto a mi mamá en las réplicas del terremoto del 2010. No creo que esto sea algo disruptivo, ¿cuántos pares, similares en edad o en entorno, responderían sí si les preguntamos si creen en Dios? ¿Cuántas veces hemos escuchado a alguien declarar que no necesita creer?

Por lo demás, ¿quién querría creer en un Dios que permite países bombardeados y aislados por la codicia de pocos, que permite que gente se enferme de condiciones incurables y se vean obligadas a un sufrimiento que nadie escoge? ¿Quién querría profesar su fe en espacios liderados por figuras crueles, intolerantes, abusivas? ¿Quién querría tener fe?

Este ni siquiera es un país que crea fervientemente, somos oficialmente laicos y la iglesia se separó del estado hace ya 100 años. En el año 2016, fue presentado un proyecto de ley que buscaba eliminar la frase En el nombre de Dios con que se abre cada sesión de la Cámara de Diputados, sosteniendo que la frase atentaba a la libertad de conciencia del país. Dos años más tarde, el papa Francisco visitó nuestro país, en días que terminaron de separar al Chile contemporáneo de la Iglesia.

La cosa venía turbia desde antes, entre el 2010 y 2015, los escándalos sexuales cometidos dentro del clero se hablaron con más fuerza que nunca. Se hicieron películas, se debatía entre la gente, víctimas se agrupaban y acusaban con nombre y apellido a sus abusadores.

La gira papal incluyó paradas en Santiago, Temuco e Iquique. En esta última, se organizó una misa para un millón de personas que resultó en una asistencia de menos de cien mil. A diferencia de visitas papales anteriores, esta vez hubo manifestaciones, iglesias
quemadas en la previa y un tono general de crítica y desencanto. Francisco se encontró con un país que, en aquella ocasión, no se iba a quedar callado. Y tampoco compraba palabras bonitas. En Temuco, donde el papa celebró una misa por la unidad y la paz, se
evidenció que el llamado al diálogo no es suficiente en un territorio marcado por un conflicto entre el Estado y el pueblo mapuche.

Pero lo más tenso y, con todas sus letras, lo más desatinado, fue su defensa inicial del obispo Juan Barros, acusado de encubrir los abusos del influyente sacerdote Fernando Karadima. Sus palabras se viralizaron y se hicieron difíciles de olvidar: «El día que me
traigan una prueba contra el obispo Barros, ahí voy a hablar».

Se dijo, en su momento, que debió tratarse del primer papa que dejaba el país con menos feligreses que con el que lo encontró. Francisco dejó tierra chilena y, ante la presión experimentada, envió al arzobispo Charles Scicluna a Chile para investigar. Lo encontrado fue devastador.

El cardenal Sean O’Malley, figura clave en la lucha contra estos crímenes, criticó abiertamente al Papa, lo que fue un hecho sin precedentes. No había cómo, por dónde, ni porqué negar lo sucedido. La Iglesia podía continuar siendo la institución indolente
que había sido históricamente, pero en su lugar, su breve paso por Chile torció este destino y el papa se reunió con víctimas para disculparse personalmente. En 2019, se publicó el documento Vos Estis Lux Mundi, el cual obliga a todos los miembros del clero
a denunciar abusos; facilita investigaciones internas, incluso contra obispos; protege a las víctimas, de cualquier orden y penaliza el encubrimiento.

Pero… ¿esto no es lo mínimo? ¿Qué me importa a mí su muerte?

El papa Francisco no fue un ángel guardián ni un rey salomón, muy al contrario, fue un hombre común. Uno que incluso respondió con la dolorosa lógica que muchas veces los entornos escogen ante la confesión: el cuestionamiento.

Sin embargo, posteriormente tomó medidas, generando cambios estructurales en la iglesia. Por supuesto, como con muchos otros temas, cabe cuestionar la moralidad misma de estos, o siquiera si se debe aplaudir algo tan básico como lo que es.

Pero entonces, con esa mala primera impresión y con los ritos del cristianismo cada vez menos presentes y relevantes, con un aumento de jóvenes agnósticos o ateos que declararían que o Dios no existe, o estará por ahí pero no cuenta con su respaldo, con iglesias que roban y sacerdotes que abusan, con ideas intolerantes sostenidas por décadas en simplemente no ser compatibles con órdenes divinas, ¿por qué cuando Mario Bergoglio murió, las redes sociales no podían hablar de otra cosa?

En primera instancia puede decirse que es simplemente por ser un hecho histórico, como un cometa que pasa cada tanto, como los terremotos que nos azotan cada 25 años. De hecho, y en base a estimaciones sencillas, cada persona verá un promedio de tres papas católicos a lo largo de su vida.

Pero los cientos de publicaciones y conversaciones entre las juventudes parecían tener otro tono, uno incluso confundido, melancólico, una muerte que de pronto permitía admitir que había aprecio por su figura. Que su partida no fue indiferente. ¿Cuánto hay de cierto en lo que se murmura en redes sociales, acerca de la aprobación que ha demostrado la juventud por la figura del papa tras muerte? ¿Acaso solo se dejaron llevar por la tendencia del momento? ¿Por qué pareciera que existe una cercanía distinta con el Papa Francisco?

Para eso, primero lo primero: El cura Bergoglio es el primer papa latinoamericano de la historia. Es bueno partir por ahí para desarrollar esta especie de familiaridad. En uno de sus últimos registros en vídeo, mientras mantenía una videollamada con la única catedral que sigue en pie Gaza, el diálogo brevemente ocurre en español. Para el Papa las palabras eran las mismas que para nosotros, decía las mismas groserías y reía en los mismos tonos. Para los más anecdóticos, en la década de los sesenta pasó por Valparaíso como novicio jesuita. Y cuando decepcionó a Chile con sus dichos, lo hizo en español y con un leve acento trasandino.

Eso nos trae de vuelta al punto: aunque básicos, el papa Francisco instauró cambios impensados en la iglesia católica. Desde la big picture, podríamos considerar que el Vaticano representa hoy por hoy un eco del pasado. Y si este pasado evoluciona, es porque vamos avanzando.

¿Avanzando hacia dónde?

El Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo dio a conocer que se registró un aumento interanual del 9,4 % en gasto militar mundial en 2024, la cifra más alta registrada desde 1988, el año anterior a la caída del Muro de Berlín. A inicios de esta semana, el ministerio de Defensa de Israel anunció haber aprobado un plan de conquista de territorio y desplazamiento de población en la franja de Gaza. Y así suma y sigue.

Hambrunas, recesiones, aranceles y ataques. Vacunas y contaminación. Este es el estado actual del mundo, como si fuésemos encaminados derecho hacia el fin. Con todo esto, la
noticia que menos importa puede ser la quién será el próximo líder de la iglesia católica que, por lo demás, tampoco es la imperante en la población global.

No hay sentido en pedirle nada a un Dios que no atiende. Pero mientras los rezos pasan de moda, las manifestaciones toman fuerza.

La visualización de lo que queremos es ahora un ritual de año nuevo, la sanación es un club social. Los horóscopos avisan de las conjunciones planetarias para que ubiquemos lo que sentimos. Si me permiten, el yoga o las rutinas siete por siete en el gimnasio
también entran en estas categorías. Porque, ¿cuál es la finalidad de todas estas cosas? Estar bien. Y no tienen nada de malo, y funcionan. Pero lo importante aquí es que confiamos en que funcionan. En que quienes escogen el veganismo como posición
política están convencidos de seguir un bien superior a todo.

Es una condena humana pasar los días preguntándose cuál es el sentido de la vida. Es un calmante encontrar algo que nos parezca más importante que nada, más poderoso que nosotros. Lo anterior fueron meros ejemplos de lo mucho que, traducido a nuevos lenguajes, seguimos buscando esa luz al final del túnel. ¿Acaso todavía existe la fe?

 

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